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Actualización: 09/09/2010 10:27:12

DOMINGO 11 DE JUNIO. Pablo F.de Arroyabe (Vitoria)

A las 2 de la tarde de un día soleado y caluroso, yo, Pablito Calvo, me hallaba a la espera de un taxi. Por una vez, había sido precavido reservando por teléfono el mencionado Servicio Publico (SP) para llegar al aeropuerto sin complicaciones. 

De los muchos movimientos pendulares que llevaba realizando en los últimos 18 meses, me encontraba ante uno de los más importantes. Es decir, en esta ocasión no podía perder el vuelo en Foronda Airport.
 Todo estaba bajo control hasta que el maravilloso SP que asegura una asistencia puntual me dejo compuesto y sin novia.

Después de largos minutos de espera bajo un sol de justicia, mi cuerpo comenzó a sudar, no por el calor, sino a causa de un estado de progresiva inquietud que me mordía el estomago bajo el pensamiento de "no me pueden dejar tirado...", "les he dicho que voy al aeropuerto..."
 Estaba claro: habían pasado de mí olímpicamente.

Comencé a hacer un poco de ejercicio, dado que dicen que es bueno y a mí siempre me ha gustado. Cargué la maleta y comencé a correr cual coyote flaco, recién comido y a pleno sol, hacia un borroso oasis llamado Parada de Taxis. El oasis estaba desierto. El único agua presente era el que chorreaba por todos mis poros de forma niagarense.  
 

La temperatura del aire era elevada, y su componente de inquietud era enorme. Nadie contestaba en el teléfono del SP (que a partir de entonces paso a ser el teléfono de Su Puñetera madre). Nunca desesperé demasiado. Dada mi condición atlética decidí pasar de las carreras de media (1500 metros) a las de larga distancia (3000 m) y regresar raudo a casa para coger el carro de mi hermano. Fastidio, no tenía llaves del garaje.

Evidentemente todo pasaba por empezar a tomar medidas drásticas como llamar a Protección Civil y plantearles el caso por si habían tenido situaciones similares previamente. Ellos pasaron la llamada a la Ertzantza, quienes acostumbrados a la resolución ágil de conflictos, me remitieron con gran alarde de efectividad al teléfono de Su Puñetera madre (SP) donde nunca contestaban. Viva la coordinación de los servicios públicos. A otros les han llevado borrachos a casa en el coche patrulla para evitar que cogieran su propio vehiculo (que nadie se de por aludido). Tan sólo hay 20000 metros desde Vitoria a su aeropuerto. Por unos instantes pensé saltar a la media maratón. Demasiado esfuerzo y poco tiempo. 
 

Dado el carácter excepcional que el evento estaba adquiriendo decidí saltar al medio de la calle y pedir ayuda directa. El primero en darme calabazas fue un vecino a quien le esperaba una opulenta comida familiar. 

Finalmente paró un coche lleno de remaches. Un emigrante marroquí al volante me miraba con los ojos abiertos de par en par. Creo que lo único que entendió fue "aeropuerto", "pierdo vuelo" y "por favor". Después de pensarlo un rato, me hizo entrar y arrancó como aquel que se lo lleva el viento. Aquí es donde empezó el verdadero acojono.
 

En primer lugar, había grandes problemas de comunicación. El pobre desconocía el camino y cuando le decía, "tira recto" él se empeñaba en girar a la derecha. Más de una vez le tuve que coger el volante desde el asiento trasero.

En segundo lugar, la potencia del vehículo estaba muy lejos del Renault de Fernando Alonso. En un diagnóstico rápido, podríamos decir que estaba mal equilibrado, con ruido a motor cascado y una capacidad de frenada similar a la de mi padre cuando pasa de los 20 por hora bajando las escaleras.

El tío se portó, apurando semáforos cual goloso un caramelo. Moviéndose en zig zag entre los demás vehículos y haciéndole sacar chispas al coche. Probablemente no tenía ni seguro y quizá ni carnet, pero le puso un par y me hizo llegar a tiempo.

Sólo pude dejarle los 50 euros que llevaba encima en el asiento, y a los pocos segundos, cuando me metía hacia el avión, lo vi entrar por la puerta del aeropuerto preocupado por si se me había escapado el vuelo.
 

Ni servicios públicos, ni vecinos hipócritas, ni instituciones al servicio del ciudadano. Queda claro que los emigrantes vienen a hacer lo que ninguno de los nacionales queremos hacer. No os cortéis un pelo y venid a millares que alguno como yo os recibirá siempre bien. Gracias morito.
  

Pablo Fdez. de Arroyabe.
Vitoria

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